Primavera del 41, el Café Tortoni.

Era temprano en una tarde de octubre, cuando el flaco y el tío Emilio llegaron al Cabildo, que el chiquilín podía observar desde su escuela, distante apenas 200 metros, donde cursaba el primer grado. Lugar conocido por sus visitas semanales a la plaza de Mayo contigua. Esto lo decepcionó. Supuso que el paseo sería idéntico a los que hacía habitualmente con sus padres a la misma, como a las otras cercanas que rodeaban por detrás la Casa de Gobierno, al norte la Mazzini, antes del Palacio del Correo Central y hacia el sur la Colón y otras, hasta la avenida Belgrano.

La sorpresa fue cuando arribaron al Café Tortoni, donde les aguardaban varios señores amigos del tío, que ocupaban sillas en la acera, frente a dos mesas redondas de mármol blanco veteado, junto al cordón, que enseguida con la llegada de los visitantes fueron tres, las más cercanas a Piedras. Frente a ésta última se sentaron. En el extremo, el flaco.

Todos estaban vestidos con trajes, en tonos grises, azules o negros y corbatas o moños oscuros. Dos eran muy jóvenes, de unos 25 años, con el cabello muy corto, como "colimbas"(corre, limpia y barre). Los restantes de poco más de 40 años, sentados a la derecha de Emilio, eran Juan, de talla media, más robusto, con anteojos de marco grueso; Ramón, español y más bajo, con moño de adorno al cuello y un mechón de cabello que caía sobre su frente. Era exiliado, como también Manuel de talla equivalente, ligeramente calvo, ambos eran escritores y periodistas. Compañeros todos de trabajo en el vespertino "Crítica", de Raúl argentino, también escritor y poeta, más extrovertido y exaltado, que discutía con pasión con todos y cada uno. Al otro extremo de las mesas, hacia Tacuarí se sentó Ramón otro exiliado, andaluz, de unos 30 años como el tío, junto a los dos jóvenes.

Ni bien se acomodó junto a su sobrino, Emilio pidió café imitando a la mayoría y para el niño, un naranjín. Sólo Ramón el mayor y Manuel se animaron a la sidra tirada. Raúl tomaba una copa de calvados*. Así dijo. El mozo que les atendía, un hombre delgado de talla media, con bigotes gruesos, prolijamente recortados como felpudo, estaba vestido con una especie de saco corto entallado, como chaleco, negro, con mangas largas, camisa blanca y moño también negro. Tenía delantal del mismo color que el saco anudado por detrás, que cubría sus pantalones media pierna. Prestamente les sirvió. *Calvados: Aguardiente de sidra.

La conversación de los circunstantes, aunque muy tumultuosa por el número de participantes era ordenada. El respeto era recíproco. Sólo Raúl enfatizaba sus expresiones, acompañándolas con gesticulaciones ampulosas y coincidentes en las mismas con Ramón el joven. Su voz sobresalía del resto. Los más jóvenes no opinaban. Los otros exiliados españoles hablaban en voz baja y asentían a medias con su amigo Raúl. Toda la conversación giraba en torno de los acontecimientos que se sucedían en España, luego de la guerra civil, que comenzara en 1936 y concluyera muy poco antes en 1938-9, llevando a la muerte a más de 2 millones de españoles. A otro tanto de lisiados. Y al exilio a una cifra no determinada, aunque estimada en casi 300mil y más aún en los años subsiguientes.

Insólitamente, no se hablaba de la actualidad, que reflejaban en sus primeras planas los diarios, las radios y los noticieros cinematográficos, de la segunda guerra mundial desatada poco antes, en 1939 que involucraba al resto de Europa, no a España, por la invasión del Eje (constituido por la Alemania hitleriana y la Italia mussoliniana, que ensayaran su poder bélico ante la República española) a varios países, soslayando casualmente España. Que incluso involucró a Argentina, por haber hundido los submarinos alemanes a un buque mercante argentino el "Monte protegido" (con ese título Francisco Pracánico hizo un tango). Sin embargo en algo estaban de acuerdo todos, era en el agradecimiento al diario que les acogió proporcionándoles trabajo y al tío Emilio con el que compartían no sólo ideas, sino las labores en Crítica y un diálogo muy cálido, tanto que el flaco se sentía receptor del afecto que aquellos le expresaban al mismo.

Buenos Aires fue el lugar elegido por los españoles para refugiarse en América del sur. Nunca se sabrá cuántos llegaron, quizá varias decenas de miles como a Méjico (que fueron 30 mil). Porque no fueron censados en el momento, sino mucho después, confundidos con compatriotas residentes de anteriores y ulteriores migraciones. Algunos pocos ingresaron por Paraguay y Bolivia que ofrecían a los profesionales las posibilidades de reválida de sus títulos universitarios. Otros también desde Chile y Uruguay.
Fue la ciudad que les contuvo y les reivindicó ante los suyos. Aquí residían varias generaciones de compatriotas. Las autoridades gubernamentales (incluso el presidente D. Roberto M. Ortiz, por entonces muy enfermo, ciego por sus problemas diabéticos) los recibieron en cambio con frialdad y reticencias por temores a sus idearios políticos y libertarios.
Los exiliados crearon el Patronato Hispano Argentino de Cultura que presidía en la fecha del relato D. Augusto Barcia Trelles. El mismo participó de la 1° Feria del Libro Argentino en 1943. También fundaron el Centro Republicano Español que fusionó su obra al Ateneo Py y Margall, fundado en 1930. Participaron varios exiliados ilustres que dieron su s conocimientos a nuestro pensar y a la ciencia, Mariano Perla, Manuel Gurrea, Clemente Cimorra, Manuel Fontdevilla, Gerardo Ribas, Basilio Alvarez, Lorenzo Varela, Luis Santaló, Claudio Sánchez Albornoz, Manuel García Morente, Felipe Jiménez de Asúa, Angel Garma, Ramón Gómez de la Serna y otros.
(Exiliados de la memoria, de José Blanco Amor, 1986, editorial Tres Tiempos).

Habría transcurrido un buen rato cuando el flaco perdió interés en las charlas que enfrascaban a los adultos y a pesar de la recomendación del tío, "que escuchando también se aprende" se distrajo y se detuvo en el paisaje, en principio cercano y luego lejano. Por la calzada se desplazaba un fárrago de vehículos diversos en ambas direcciones. Colectivos, ómnibus, taxis, camiones de diverso porte, carruajes tirados por caballos, bicicletas, todo en un incesante ir y venir que pugnaban por avanzar en las bocacalles, excepto que hubiera policías en sus garitas dirigiendo el tránsito. De pronto todo se detenía abruptamente por el cruce inoportuno de algún vehículo apresurado y enseguida se reiniciaba con idéntico ímpetu.

Las farolas centrales (más de 100 de 2000 bujías cada una) importadas por el ingeniero Rufino de Elizalde para el Centenario de Mayo se habían triplicado y comenzaban a encenderse. Los edificios de la Avenida de Mayo imitaban la arquitectura de las avenidas parisinas, con las espléndidas cúpulas de los mismos, varios de ellos hoteles, que desde la visita del famoso arquitecto suizo-francés Le Corbusier en 1929, homogeneizaba el estilo con el barroco y romántico preexistente. A los lejos se destacaba por su estatura, el formidable Palacio Barolo (cuyo donante no lo pudo ver concluido) de estilo gótico romántico, que superaba los 18 pisos, que se inauguró al comienzo de la década del 20 en cuyo cenit tenía un poderoso haz de luz de 300mil bujías que se podía ver desde la costa uruguaya. En su pasaje central y en los rellanos de sus pisos, los frisos de sus mármoles recogían escenas de "La Divina Comedia" del Dante Alighieri. Con semejanzas arquitectónicas al Palacio Salvo de la vecina orilla.

Por las aceras el flujo de personas era similar al tránsito, una muchedumbre desordenada que aumentaba cuando salían de la boca del subterráneo distante unos pasos. (Históricamente fue el primero de hispano-América, que se construyó en 1913). Algunas jóvenes insinuaban por sus ropas la moda entrante, que acortaba las polleras, a las rodillas. Todos los transeúntes parecían empujados por algún impulso, que hacía que se desplazaran a igual velocidad. La estridencia de los automotores al detener y reiniciar su marcha se mezclaba con el bullicio de las gentes, que ocultaba la charla de los amigos del tío.

De tanto en tanto, se escuchaba en alta voz un ostentoso y hasta cantado piropo ante el paso de una joven atractiva.
De pronto, a lo lejos, comenzó a escucharse un estrépito inusitado, un grupo muy ruidoso, vocinglero, de algunas decenas de hombres, que avanzaba tumultuosamente desde Bernardo de Irigoyen, distante una cuadra al oeste. Lo hacían por la acera norte, la misma del Tortoni. Los gritos e interjecciones eran ininteligibles, pero se sucedían de continuo, cada vez más cerca, hasta que al ver al grupo sentado a las puertas del Tortoni, prorrumpieron en vivas a la falange y mueras a la república. Las réplicas fueron contrarias y a los gritos, cruzaron obscenidades e imprecaciones diversas.

Simultáneamente se desató la riña, que de inmediato se generalizó, a pesar de la enorme diferencia en el número, los golpes propinados por los jóvenes rapados y Ramón el joven hicieron retroceder y caer a algunos de los provocadores, esto hizo que huyeran los más. No esperaban la reacción. Raúl se defendía del ataque con solvencia con varios que pretendían usar las sillas como armas. Manuel, Emilio y Juan también se batían con denuedo y daban lo suyo. Sólo Ramón el mayor, permanecía quieto, azorado, de pie, como cristalizado, sin saber quehacer, hasta que en pocos minutos, un sonido muy agudo, un pito policial, como por arte de magia, hizo que todo regresara a la normalidad.

Los manifestantes huyeron hacia Piedras y se perdieron entre las gentes y el grupo, luego de recomponer sus ropas y patear hacia la calzada los vidrios rotos de algunas copas, tazas y botellas, enderezar los sillones volcados, retomaron sus lugares.
Indemnes resultaron los más jóvenes, Ramón el joven, tenía una mano tumefacta, pero sin herida. El tío Emilio una lesión sangrante en la frente, que cohibió con un pañuelo que humedeció en el baño. Raúl quedó con la camisa manchada, rasgada y despeinado. Juan (que por fortuna había dejado sus anteojos sobre la mesa, los halló intactos) y Manuel mostraban diversas equimosis en el rostro y excoriaciones en sus manos. Ramón el mayor, que solo fue mirón, no cesaba de quejarse por la intolerancia de todos. Esto enfurecía a Raúl que era asistido por los más jóvenes, que trataban de contener sus reproches. Juan, Manuel y el tío le recriminaban, mortificados su indecisión. Que fue una constante en su vida.

El flaco ante la barahúnda había optado por agacharse entre las mesas y las sillas. Su "pull-over" de lana, verde petróleo tejido por su madre, estaba impecable, como sus pantalones, sólo sus rodillas estaban sucias, por haberlas apoyado en el suelo. Lamentaba que su gaseosa se hubiera volcado y roto la botella, cuando aún tenía más de la mitad. La reunión se levantó al rato, sin dejar de comentar los hechos, en grupos de a dos o tres, con paulatino menor volumen y gesticulaciones. Acordaron verse, pagaron y partieron, sin dejar de saludar cariñosamente al chiquilín.

Con todos ellos por años se reunió el tío Emilio, varias veces con su sobrino.

El Café Tortoni nació en Buenos Aires en 1858 en la esquina de Esmeralda y Rivadavia (donde luego se instaló la Confitería del Gas) con el nombre de Café París. La ciudad por entonces estaba segregada de la Confederación *, que nucleaba a los estados provinciales. * El 10 de noviembre de 1859 se unió a la Confederación, por el Pacto de San José de Flores. Luego de la renuncia del gobernador D. Valentín Alsina, que se oponía. Lo firmaron en una quinta situada en la actual esquina de Rivadavia y Tte Gral. Donato Alvarez, NE, por la Confederación los Generales Tomás Guido y Juan Esteban Pedernera y Daniel Aráoz y por la provincia de Buenos Aires, Carlos Tejedor y Juan Bautista Peña. Los primeros nombre del General Justo José de Urquiza presidente de la Confederación y jefe de las fuerzas sitiadoras y el gobernador interino Felipe Llavallol.
Su fundador y dueño M. Touan, lo llamó así en recuerdo del homónimo situado en la esquina del Boulevard de los Italianos y la calle Taibout en París. En 1880 siendo dueño D. Celestino Curutchet, también francés, se mudó enfrente a Rivadavia 826, la ubicación actual. Para las fiestas del Centenario, cuando se abre la Avenida de Mayo, también el Tortoni con el diseño en el frente del Arquitecto Christofersen, tiene salida a ella.
En 1925-26, Benito Quinquela Martín trasladó al mismo su "Agrupación Gente de Artes y Letras"que se reunía enfrente en el café "La Cosechera" de Perú y Avenida de Mayo y de ella nace la "Peña del Tortoni", que se inauguró el 25 de mayo del 1926. Su nombre le fue propuesto por el maestro Ricardo Vignes, español. Aunque la Peña sólo vivió 16 años fue el imán donde se reunían una pléyade de intelectuales y artistas. Donde asistían los visitantes extranjeros más ilustres emparentados con la cultura, la ciencia y la política.
Al comienzo eran Jorge Bunge, Andrés Muñoz, Celestino Fernández, Arturo Romay, Alejandro Savelief, Edmundo Rosas, Gastón Talamón, Benito Quinquela Martín, Germán de Elizalde (pianista clásico), Juan de Dios Filiberto y Alfonsina Storni.
La integraron también Pedro Herreros, Alfredo Schiuma, Héctor Pedro Blomberg, Francisco Isernia, José María Samperio, Tomás Allende Iragorri, Juan J. De Souza Reilly, Manuel J. Palmero, Carlos de Jovellanos y Passeyro, Alejandro S. Tomatis, Enrique Loudet y sus hermanos, Pedro V. Blake, Luis Perlotti, Celestino Piaggio, Daniel Marcos Agrelo, Antonio González Castro, Atilio García Mellid, Gregorio Passianoff y otros.
Germán de Elizalde fue quién convenció a M. Curutchet a ceder la Bodega para la "Peña". El lema del mismo Curutchet, se aplicó allí con todo su esplendor: "Aquí se puede conversar, decir, beber con mesura y dar de su "savoir faire" la medida. Pero sólo el arte y el espíritu, tienen el derecho de manifestarse aquí sin medida".

*Crítica, el diario fundado por Natalio Botana, abrazó la causa de la República española, desde los prolegómenos de la contienda hasta su final, llegando a omitir por piedad a los residentes exiliados, la crueldad y salvajismo de la misma y hasta los reveses militares (los bombardeos de la Luftwaffe alemana y los Isotta Fraschini italianos, sobre diversas ciudades de la península ibérica y Guernica), los fusilamientos masivos, etc. Era entonces el periódico de mayor tirada diaria en hispano-América, superando los 700mil ejemplares diarios en dos ediciones. Trabajaban allí una conspicua suma de escritores, (Roberto Arlt, Enrique y Raúl González Tuñón, Roberto Tálice El Malevo Muñoz, Conrado Nalé Roxlo, Nicolás Olivari, Córdoba Iturburu, Borges, Gerchunoff, Edmundo "pucho" Guibourg y otros) y periodistas y críticos notables.

El tío Emilio, de 32 años, aún tenía por entonces el acento andaluz, por haber pasado su infancia (once años) con sus hermanos menores, Antonio y la madre del flaco, en un pueblecillo de la Provincia de Jaén, en la sierra de Guadarrama, junto a su abuela paterna. Allí estudió junto a sus primos hermanos, mellizos, sacerdotes. Regresó para hacer la conscripción, que debió cumplir con recargo en el regimiento 3 de infantería, en Palermo, por haberse enrolado tarde. Uno de los jóvenes que le acompañaba en la reunión era teniente e hijo del jefe de la unidad. El otro joven amigo del anterior, era hijo del ministro de guerra, el almirante. Emilio escribía teatro y gacetillas críticas teatrales en el diario mencionado, donde se relacionó con los citados y otros exiliados. A pesar de pertenecer a una familia católica, con varios parientes muy cercanos, religiosos y otros primos militares, que participaron de la guerra de Melilla, en el Marruecos español, en el norte de Africa, formaba parte de varios agrupamientos en favor de la república que tras la guerra había caído en poder de los nacionalistas, bajo la dictadura de Franco. Llevaba con orgullo el nombre familiar del expresidente de la misma D. Emilio Castelar, al igual que su padre y su sobrino, el flaco. Fue él quien despertó en el niño la avidez por saber y conocer y lo incitó a concurrir periódicamente a la Biblioteca Nacional distante media cuadra de su casa. Como también asistir al cine, teatro, museos, exposiciones y cuanto espectáculo cultural hubiera, del que luego le pedía escrupuloso comentario. (Su vida fue similar, a la que muchos años después describiera Joan M. Serrat de su tío Alberto).

La falange española, fue un movimiento político nacionalista, fundado por José Antonio Primo de Rivera en 1933. Se fusionó con entidades sindicales afines en el año siguiente y luego con otros tradicionales, conservadoras, convirtiéndose en facción, para constituir un estado autoritario corporativo, que le abrió las puertas a la invasión del ejército de Africa y la guerra civil que depuso al gobierno de la República, que presidía Manuel Azaña. (Su sucesor se mantuvo en el poder 40 años.)

Juan Queraltó, fue el fundador de la Alianza Libertadora Nacionalista, originalmente adherente de la república española. Luego sus sucesores lo desvirtuaron, se adhirieron al poder de turno y se comportaron como guardia pretoriana del mismo.
Manuel Gurrea, exiliado español escritor y periodista ingresó a Crítica que fue bastión de la república española. En su larga actuación periodística concluyó conduciendo programas televisivos en el canal estatal. (Allí en el comienzo de la década del 70 se reencontró con el flaco, cuando éste era un investigador en medicina).
Raúl González Tuñón, hermano menor de Enrique también escritor, poeta y periodista, hijo de inmigrantes asturianos de una oleada anterior, compañero de los citados en Crítica, fue miembro conspicuo de la peña de La Perla del Once, su barrio, que conducía Macedonio Fernández y la de Boedo, publicó sus versos iniciales en Proa y en Martín Fierro.
Fue autor de "La libertaria" y "La muerte en Madrid" que es un recuerdo sentido de la tragedia de la guerra civil y de sus ancestros, su padre, minero él.
Ramón el joven, andaluz de Linares o de Sabiote, pueblos vecinos al de la abuela de Emilio, era anarquista, trabajaba en una fábrica de espejos.
Ramón, Gómez de la Serna, el mayor, llegó a Buenos Aires en 1931 y regresó luego a España, ya casado con Luisa Sofovich, a quién conoció en sus conferencias en el PEN Club Argentino, quién tenía de un matrimonio anterior (con Ghioldi) un bebe de meses.
Regresaron en 1936. Vivían en Hipólito Yrigoyen 1974.

Escribió más de 100 obras, que tras su deceso sus herederos han querido recopilar. Sus "Greguerías" fueron famosas. Colaboraba a poco de concluida la guerra civil, con distintas publicaciones falangistas sobre todo con "Arriba". En 1949 fue agasajado por Franco y se ganó el repudio de todos sus compañeros de exilio. Aunque regresó a Buenos Aires, vivió penurias afectivas, exacerbadas con sus problemas de salud. Permanecía en silla de ruedas, luego de un ACV. Los poetas Rafael Alberti y Antonio Machado le dedicaron críticas furibundas.

Dr. Emilio Santabaya.

Mantis Diseņo Web . © 2007