1942, otoņo en Montserrat.

El barrio, el pequeño ámbito al que aludiremos, denotaba vetustez en sus exteriores edilicios, sobre todo en otoño cuando la humedad se adentraba en los mismos, como una pátina untuosa, gomosa que hacía difícil caminar por sus veredas, resbaladizas, tapizadas con lajas enormes de granito de un metro de longitud, que iban desde la pared hasta el cordón de la calzada o las más comunes, de distintos colores, aproximadamente de 50 por 50 cm.

Por el tiempo se habían perdido los rincones propios y pintorescos o ajenos, pero de alguien identificable. También la participación de sus gentes en hechos y actividades comunes barriales, excepto escolares, las religiosas o de las colectividades extranjeras más antiguas, en sus centros regionales. Es que éstas instituciones, otrora numerosas, menguaron. Esto alejó a sus habitantes del quehacer comunitario. Sólo el comercio minorista les vinculaba, cuando las carencias de alimentos básicos, por entonces frecuente (azúcar, pan, harina, kerosene, etc.) en las colas a sus puertas. Frente a las Grandes Despensas Argentinas (precursora de los supermercados) o en los restantes comercios del área.

La tristeza era un rasgo barrial, individual y colectivo. Algunas casas con sus diversos tonos grises plomo subido semejaban por su aspecto lúgubres bóvedas. Eran muy escasas las construcciones colectivas modernas, los edificios de departamentos y excepcionales las casas familiares individuales que sobrevivían.

Además, la iluminación pública de esas calles era escasa, a pesar de la ausencia total de árboles, que sólo persistían en las avenidas. Apenas había lámparas en las esquinas y a mitad de cuadra que pocas veces alcanzaban las 500 bujías. El comercio en general contribuía muy poco, porque se trataba de pequeños minoristas.

Institucionalmente quedaban en pie la Biblioteca Nacional sobre Méjico (ocupando el antiguo lugar de la Lotería Nacional) que dirigía por entonces Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría, tan controvertido por sus idearios nazis), la Escuela Profesional de Señoritas en Bolívar 545 hacia Venezuela y el incorporado al industrial Otto Krause en el 565, de la misma.

No quedaba nada del perfume de las flores de los jardines que habían desaparecido, excepto en los patios de algún conventillo o en un viejo balcón, de los sonidos de sus pájaros, ni de los otros ruidos que emergían antes de sus casas. Solo antiguas puertas de madera o metal que crujían, cuando se las abría o cerraba, las veredas tan angostas y peligrosas para transitar en tramos por sus lajas pulidas en días lluvia. Sobre todo si estaban flojas. Sólo de tanto en tanto desde un conventillo se percibía el sonido que los moradores traían de sus terruños, muy poco de la música de moda que brotaba de algún gramófono y unos pocos vendedores ambulantes ofreciendo sus mercancías. Aún así, sin sonidos típicos, sin árboles, tenía su misterio, su encanto. En los musicantes, en las fiestas de los conventillos y en su babel de conflictos y heterogeneidades. Los mayores sonidos partían del tañir de las campanas de las iglesias, sobre todo en feriados cuando podían sobresalir por encima del estrépito que producían los tranvías y la bullanga de las gentes.

(Casi esquina Méjico funcionaba una lechería "La Martona", San Martín en Cañuelas, que reemplazaba con ventaja a los lecheros de otros barrios alejados). Sin embargo había bullanga, quebrada con frecuencia por el chirrido estridente de los tranvías, al arrancar y en sus frenadas.

Por las demoliciones, por el descuido de sus moradores y la desidia institucional, se destruyeron la mayor parte de las casas patricias. Las de Belgrano, situada en el 450 de la avenida que lleva su nombre y de Saavedra en distintas épocas.

En Venezuela 553, la de Gregorio Ramos Mejía donde estaba en 1852 la Legación Británica refugio de Rosas después de Caseros. La de "La virreina vieja" en la esquina N.O. de Belgrano y Perú, que ocupaba la viuda del virrey del Pino (Joaquín), Dña. Rafaela Vera y Mujica. Quedaron en Venezuela 469 la que habitó entre 1806 y 1810 D. Santiago de Liniers, que antes pertenecía a su suegro Martín Simón de Sarratea. La que habitó José Manuel Estrada, en Bolívar al 556. La esquina sin ochava en Balcarce e Independencia, que originalmente fue el Hospital Británico, luego el "Almacén-vinería y restaurante Volga" y posteriormente "El viejo Almacén" y la de Doña Encarnación Ezcurra, la esposa del Restaurador, sobre Bolívar contiguo al Colegio de señoritas, hacia Venezuela.

Otras antiguas casonas patricias, algunas de las cuales fueron abandonadas por las epidemias de fin del siglo XIX, de más de 1000 m2 de superficie, se transformaron en gigantescos caserones parcelados en pequeños espacios de 50 a 80m2, de 2 o tres ambientes medianos, sin patio o muy pequeño, con precarias dependencias, situados en una planta o más. Con extensos pasillos que los intercomunicaban, como un laberinto, habitualmente oscuros aún de día.

Allí moraban variopintos personajes que llegaban de los más disímiles orígenes, huyendo de ámbitos más hostiles, del exterior, de provincias o de conventillos.

Los frentes sin mayores cambios estructurales en el tiempo, conservaban la vejez de sus paredes, de 0,60 a un metro de espesor, color gris sucio, por la pátina de hollín y polvos ambientales que había caído por años sobre ellas, especialmente si sus revoques eran rústicos, rugosos. Las paredes interiores más cuidadas, cubiertas con pinturas al aceite adquirían tonos ocre-grisáceo, que la humedad resaltaba.

Se ingresaba a aquellas por enormes portones de madera maciza, de dos hojas, de 3 o 4 metros de altura y 2 o 3 de ancho cada una, tallados, de 3 o 4 pulgadas de espesor, (muy pocos de hierro forjado, con persianas de vidrio) con herrajes de bronce los menos y de hierro los más.

En muy pocas quedaba aún el gran espacio anterior para la entrada de carruajes, con piso de adoquines de granito, reemplazados por lajas o baldosas y en los laterales, la entrada, con columnas de mármol de diversos colores, con capiteles tallados, enmarcando puertas de madera, altas con banderola, con los dos tercios superiores de vidrios biselados con grabados artísticos.

En algunas sobresalían hacia la calle, en la planta baja los herrajes de balcones con barandas de hierro o bronce y persianas muy altas (más de 3m.) de madera, de 4 a 6 hojas. Hacia arriba se podían ver a menudo en los balcones que emergían la mampostería, con molduras coloniales mínimas o barrocas, las más antiguas mostraban carcomidas por el óxido, vigas o sostenes de hierro, cubiertos precariamente con el revoque que se desprendía de tanto en tanto, con el consiguiente peligro para los transeúntes.

Otras edificaciones precarias, espaciosas, de una o dos plantas, de más de mil m2 de superficie se convirtieron en conventillos. Con ingreso hacia una o más calles.

A pesar de todas las carencias, los chicos jugaban. A juegos muy diversos. Los varones mayores priorizaban el vigilante-ladrón, con "armas" fabricadas por ellos. Competían en su realización y terminación. Habitualmente con trozos de madera de cajones de manzanas, desgastados (pulidos, lijados) con el revoque grueso de las paredes y trabajados con pequeñas herramientas; las espadas se hacían con los largueros de los cajones de ananás, que llegaban del Brasil, que eran de madera roja, cepillada, dura y las empuñaduras, talladas, tenían junto al travesaño, una media pelota de goma como protección de la mano. (El flaco había sufrido la rotura de los dientes incisivos centrales por un lance a fondo de Pepe).

Los otros juegos eran rango, bolitas, yo-yo, balero, figuritas, las Godet, del chocolate, de cartón grueso ovaladas, que representaban aviones de los ejércitos enfrentados en la segunda guerra mundial, los cazas Messersmitt y bombarderos Junkers (Stuka), de la Luftwaffe. Los cazas Spitfire, Avro Lancaster y Hawker Hurricane de la RAF (Royal Air Force). Los Grumman, Curtiss y Douglas norteamericanos, Issotta Fraschini, italianos, etc. No había figuritas de aviones rusos ni japoneses, (los célebres Zero de Pearl Harbor). Otras redondas, tenían jugadores de fútbol o deportistas varios. Qué difícil era la de Vito Dumas, el navegante solitario que dio varias veces la vuelta al mundo.

También jugaban con autitos, fabricados por los mismos con cartón moldeado sobre moldes de madera, papel y engrudo. Las ruedas se hacían con carreteles o pequeñas bobinas de madera que se pedían en la mercería. (Así se elaboraban también las caretas para carnaval, con papeles superpuestos y engrudo, sobre moldes realizados sobre una tabla (con corchos de botella) que realzaban la nariz, ojos, boca y las hacían exageradas. Luego se pintaban como las caras de los payasos, con témpera.

Al fútbol se solía jugar tanto de día como de noche, la pobre luz de la esquina era suplida con sus ansias. A pesar que no había potreros en el barrio. De día con una pelota de media vieja rellena con trapos o papel. Cuando había alguna moneda, con las de goma, las Pulpito que imitaban los gajos de las grandes de cuero o las rayadas rojiblancas. Con éstas se podía jugar "cabeza".

De noche también con chapitas de cerveza o gaseosas, entre las bocas de desagües de tormenta, siempre en estos casos por equipos de dos o tres por bando, a tantos goles. Sobre Méjico, esquina Bolívar o esquina Perú, que tenía pavimento de madera, imitando parquet, recubierto con brea, que en verano por el calor se ablandaba y se pegaban la pelota y las zapatillas. Cuando se utilizaban pelotas de goma el rescate era un engorro, una pequeña odisea. Había que sacar una tapa con su considerable peso para los chicos. Luego sujetándose con ambas manos, descender las piernas con los pies muy juntos hasta atraparla y después encoger las mismas para regresarla a la superficie.

No se jugaba con dados, cartas, ajedrez, dominó que eran comunes de los adultos en los bares y cafés, como también billar, incluso en los clubes regionales.

Las chicas jugaban rayuela, rondas, figuritas, a la tapada, dinenti con piedras de arena escogidas y a juegos típicos de las mismas, diversas teatralizaciones, maestra, madre, médica, etc. Con los varones más pequeños jugaban a las escondidas.

Esa tarde fría del final de mayo cuando los días se acortaban y oscurece a la media tarde, jugaban a las escondidas unos nueve chiquilines. Isabel, hermana de Jorge Matos, compañero de segundo grado de los varones *, Myrian la mayor, de 12, hija de D. Juan el panadero, Elvira y Beba de diez, vecinas de aquellas y Rosalía la menor, de ocho. Pocho, Tito y Jorge Mario, de la misma edad que la última y el flaco todavía con 7.

* En el Colegio Adolfo Alsina, de Bolívar 346. En cama con paperas.

Jugaban en las puertas del Colegio de Señoritas, utilizando cuanto quicio y entrada de las casas vecinas podían.

Sobre todo en la casa de D. Encarnación Ezcurra. Que guardaba aún el aspecto colonial español. Sólo que sus paredes eran grises rugosas, muy sucias, con un gran portal de madera de buena madera, roja, maciza con diversas molduras y finos herrajes de bronce. Montada sobre un marco situado sobre dos escalones de mármol que había sido blanco y con el uso y el tiempo era gris. A su derecha, había un balcón protegido con gruesas rejas negras artísticamente moldeadas, con persianas de madera que nunca se vieron abiertas. Hacia arriba había unos viejos balcones, descascarados, en cuyas grietas asomaban los hierros de las vigas que los sostenían.

El espacio que seguía a la entrada, muy amplio, era oscuro, solo una tenue luz que provenía de una claraboya situada muy arriba y al fondo. Apenas se podían ver sobre el centro los primeros escalones de una escalera ancha, también de mármol, como la baranda, que conducía al primer piso. A los lados y bajo la misma, la mayor oscuridad. Sólo al cabo de un rato, de estar se lograban percibir visualmente las molduras de los marcos y las puertas contiguas, que a tientas guiaban a los chicos.

No sabían ni conocían los mismos a los moradores, que debía haberlos, porque las puertas se cerraban de noche, habitualmente a las 21. así como también en los feriados y por la media mañana estaba abierta una hoja. No obstante, ninguno de ellos les conocía.

Agazapado bajo la escalera de mármol, con el misérrimo haz de luz, el flaco percibió una sombra que se aproximaba, lenta, sigilosamente. Con una respiración sibilante. Supuso que podría ser Jorge Mario, que era asmático, cuando súbitamente sintió que unos rulos le rozaban la nuca y de inmediato sin hesitar, muy suavemente le besaban el cuello. El susto no era poco. Supo sin embargo, por el perfume, que era Rosalía, "la pecosa", que fuera compañera de escuela en el 1er. grado. La misma que le traía soldaditos de plomo. Rosalía odiaba que la llamaran así, como todos lo hacían, era pelirroja, de un rojo descolorido tirando a rubio, delgadita, linda, de ojos claros celestes casi grises, con muchas pecas en cuanto lugar de su cuerpo se exponía a la luz. Por esos días frescos, tenía un vestido de lanilla de cuadritos muy pequeños rojos y blancos y encima un saco de lana claro de mangas largas, con botones.

El flaco a tientas logró asirse de ella y erguirse. Para enseguida quedarse tieso, junto a ella. Es que lo impensado acontecía. Alguien, un hombre enorme estaba de pie en el vano de la puerta de ingreso, a la que ocultaba por completo. El miedo por la sorpresa los inmovilizaba. Sólo se oía la respiración sibilante de ella y el temblor que los unía en un abrazo y los paralizaba. Los instantes siguientes, mostraron al monstruo que giraba sobre si y con relativa rapidez cerraba la puerta con llave, para después avanzar hacia ellos suponían, más bien hacia la escalera, que comenzó a subir lentamente mientras resoplaba de fatiga. Los chicos aterrorizados, no se atrevían a correr, gritar, llamar y siguieron como estaban, muy juntos, sin atinar a nada. Rosalía se aferraba al cuello del flaco y éste no podía desasirse. Los dientes castañeteaban, sus rodillas desnudas entre chocaban, sus cuerpos se transmitían recíprocamente el temblor. Así sin hacer algo por evitarlo, dejaban pasar el tiempo.

Los segundos y minutos equivalentes a horas transcurrían y ellos quietos, hasta que escucharon que el manillar de llamada era golpeado fuertemente, una y otra vez. Enseguida desde arriba se incrementó la luz y alguien, una persona joven ágil y a saltitos, con calzado de goma, comenzó a bajar las escaleras.

Los chicos más que mirarse se tocaban para orientarse, cuando notaron que llegaba al final y sus pasos le llevaban a la puerta. Tomados de la mano le siguieron en el más cuidadoso silencio. Por fortuna los ruidos externos proseguían. En cuanto abrió y vieron que era Isabel que los esperaba, intentaron filtrarse por su lado, con el susto comprensible de la joven. Pero Rosalía tropezó con algo, un pie de la misma y cayó dando con la cabeza contra el borde de la puerta abierta y después al suelo. Isabel atrapó al flaco con una mano y en vilo lo sacó a la acera, prestamente alzó a Rosalía que muy débilmente se erguía y sin dar ninguna explicación alguna a la moradora, sólo disculpas entre dientes, la llevó unos pasos, hasta comprobar que estaba mareada y muy dolorida. Esta circunstancia se sumaba a la incertidumbre y al miedo de la espera para que comenzaran a llorar, ellos y los otros que les aguardaban, por la emoción, por lo vivido, abrazados a Isabel que allí era la madre, la aurora, todo.

Al advertir que de la herida de Rosalía manaba abundante sangre, Isabel intentó cohibirla con un pañuelo que guardaba en su manga pero al observar que era insuficiente, le preguntó por su casa. Rosalía ahora solo gemía y "guardaba mocos" como decía la abuela, le dijo dónde, sobre Venezuela (sólo una cuadra). Luego de pedirle a Myrian que le avisase a su madre se despidió de todos y marchó de prisa con ella y el flaco.

Apenas a mitad de cuadra, en un caserón semejante a los otros, sobre Venezuela, frente a la que fuera casa de Liniers, vivía aquella. El susto de su madre y una abuela que le acompañaba fue enorme, luego de ver la herida sin preguntar nada acudieron a un departamento cercano, donde una enfermera les indicó que debían ir de urgencia a la Asistencia Pública, en Esmeralda entre Rivadavia y Bartolomé Mitre, al lado de la casa que fuera de Lisandro de la Torre. Tomaron de inmediato un taxi, la madre, Rosalía, Isabel y el flaco.

El edificio bajo, viejo, de dos plantas, con dos entradas para las ambulancias, (amarillas con una cruz verde en los laterales) asistía las emergencias de la capital. Rápidamente les atendieron e indicaron una sala donde un médico delgado, alto, con el guardapolvo desprendido, como si estuviera llegando o por irse, de bigotes muy grandes, al ver la herida, sin decir nada les indicó con una mano un lugar y una camilla, pidió a las enfermeras que le llevaran cosas y de inmediato estaba con unas jeringas en su mano intentando inyectarla, cuando Rosalía que tenía las manos entre las de su madre, volvió a llorar, no a los gritos sino suave, persistentemente. Isabel y el flaco se despidieron y salieron al pasillo, desde allí le escuchaban y se angustiaban.

Ella decidió volver al barrio para no alborotar a las familias. Caminaban sin apuro, pero a buen ritmo. Cuando habían hecho unas cuadras, ella preguntó:---Qué pasó en la casa? El flaco aún confundido y asustado por lo acontecido, respondió:---Estábamos escondidos bajo la escalera.

Isabel se mordió el labio inferior, mientras con su mano izquierda sujetaba la falda azul que se agitaba con el viento, como sus cabellos, muy oscuros que resaltaban sobre su piel blanquísima, casi cianótica, azulina y sus ojos muy verdes, claros. De talla media, aproximadamente 1,60m. o más, era una señorita (a pesar de sus 11 años) y al caminar recibía por su elegancia las miradas de muchos. Apoyaba su mano derecha sobre los hombros del flaco que era más menudo y al aproximarse a su casa apuraba el paso. Dejó al chiquilín en la suya, una cuadra antes de la propia sobre Méjico y se saludaron para verse, después, dijo.

A Rosalía días después, la hallaron el flaco y sus amigos, con un vendaje en su cabeza que parecía un turbante indio. Los saludó desde lejos, su vereda, con la mirada y su mano en alto. No volvió a jugar con ellos. A poco, al trasladar su colegio (Juan José Paso) por el ensanche de Belgrano, dejaron de verse.

Dr. Emilio Santabaya.

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