José de San Martín, 1ª parte.

José Francisco de San Martín fue y es, el héroe máximo de la historia argentina. Por haber ratificado su libertad, su independencia y el respeto de los derechos de sus conciudadanos.

Además, con sus proezas militares, logró luego del cruce del macizo andino, en su zona más alta y ancha, la libertad de las Repúblicas de Chile y del Perú y sus oficiales y granaderos participaron en las del Ecuador y la Gran Colombia.

Para sus panegiristas, fue el "Padre de la Patria" y el "Santo de la espada". Para sus detractores y difamadores, compatriotas, (Rivadavia y otros) que impidieron su ingreso en 1829 y extranjeros (Vicuña Mackenna, historiador chileno, que le calumnió ácremente, por el fusilamiento de los hermanos Carrera, culpables de robos de ganado y huir de la inmediata batalla) un demonio. A pesar que estos dichos contradecían las afirmaciones de su compatriota, testigo de sus acciones, el general Bernardo O’Higgins, tanto en expresiones públicas, como en cartas.

:Bartolomé Mitre, uno de sus mayores biógrafos, emite juicios de valor (°) y le califica: "Como un militar ordenado, más que inspirado. Político por necesidad, no por instinto, ni por vocación. (A su amigo Godoy Cruz le decía:... de poco entiendo, pero de política menos que nada). Con una inteligencia fuera de lo común y concepciones concretas". Fue denostado por Vicente Fidel López, que refería opiniones de su padre, afectado por la caída del primer Triunvirato. (Que como poeta, a pesar de haber escrito la letra del himno nacional, era mediocre. En su época, Esteban de Luca, Juan Crisóstomo Lafinur y Juan Antonio Miralla, eran más importantes. Críticos y maestros de la literatura, lo señalan y como político pusilánime, irresoluto, al servicio de todos aquellos que detentaran poder). Rivadavia, lo odió como nadie, luego del golpe militar (que él no lideró, sino Alvear, Carlos M.) que echó al primer triunvirato, del cual este era secretario. Ricardo Rojas en cambio lo endiosaba.

(°) Para evaluar, calificar, hechos, circunstancias o fenómenos se deben poseer ciertas cualidades, capacidades probadas, títulos, no basta con leer, saber del tema y ser ameno. Sin embargo historiadores, o seudo-historiadores, en diferentes latitudes e idiomas, se permiten calificar hechos acontecidos en diferentes épocas, elogiando o denostando a personajes, fundamentándose en historiografías preexistentes. Las que obviamente copiaron. Sin verificar la pruebas, documentos, que corroboraran sus asertos.

Juan Bautista Alberdi, el autor de las Bases, en 1844 hizo conocer la carta que Gabriel Lafond de Lurcy, marino francés, publicó en "Voyages autour du monde et voyages celèbres. Voyages dans le deux Amèriques". Carta que San Martín le enviara a Bolívar el 29 de agosto de 1821, estando en Lima, explicitando sus pensamientos y necesidades, antes de la entrevista de Guayaquil, aún en vida de aquél. Sus conceptos, son coincidentes, casualmente con los escritos de los allegados a Bolívar, sus edecanes por ejemplo. No con los dichos de éste, luego de la reunión, que expresó que la misma fue sólo protocolar.

Alberdi, tuvo oportunidad de conocerle personalmente en casa de un diplomático en Bruselas, donde aquél residía en 1845. Además de describirle físicamente, como muy jóven y ágil para su edad, de voz grave, gesto adusto, muy serio, señaló: "... padece de su salud en la inacción, se cura, en cuanto adquiere actividad y responsabilidades". Las opiniones de sus oficiales y soldados, coincidieron en general en manifestar su admiración y respeto, por su capacidad y conocimientos militares y algunos lo describieron con enorme afecto en sus escritos y memorias. Cito los escritos de los generales Tomás Guido, Tomás de Iriarte, Guillermo Miller, Tomás Espejo, Estanislao Soler, Federico Brandsen, Juan Lavalle, Juan Gregorio de Las Heras, Antonio Alvarez de Arenales, Bernardo O’ Higgins, Ramón Freyre, Toribio Luzuriaga, Mariano Necochea y los coroneles, Isidoro Suárez, Félix Bogado, Alejo Bruix, Antonio Alvarez de Condarco, etc. Con él, sus conciudadanos adquirieron la identidad del pueblo al que pertenecían, el mismo pueblo que había luchado contra la agresión extranjera, en la Defensa y Reconquista de Buenos Aires y comprendieron el valor de la libertad, su necesidad indispensable, por encima de otros valores, no sólo para los mismos, sino para todos los americanos. Soñaba como Miranda, con las repúblicas suramericanas unidas, integradas inclusive con las del virreynato de Nueva España, como los estados unidos de hispanoamérica.

Sin embargo, era consciente que la lucha de intereses entablada entre los regionalismos, sumados a los personales, de los terratenientes, las burguesías locales (por el poder, el que determinaba impunidad) y la aún fuerte presencia de la corruptela y el contrabando, inclusive de esclavos, dejada por las autoridades del virreynato, entorpecerían su gobernabilidad. Avizoraba que antes, las nuevas repúblicas debían vivir una unión temporal, con las cortes europeas. Algún príncipe, sometido al control ciudadano, hasta salir de la situación actual. Sobre todo en las provincias del norte, de los virreynatos de Lima y Nueva Granada, muy arraigadas, apegadas, al poder central, a sus aún vigentes títulos de nobleza, a las notables diferencias entre aquellos y el pueblo, que carecía de todos los derechos. Donde el poder español más se afincó, se enraizó y también la corruptela del mismo. Acostumbrados unos y otros, al absolutismo y la autocracia. Nuevo feudalismo.

Además, ya había experimentado esta puja de intereses, en las Provincias Unidas del río de la Plata, cuando el Directorio lo había instado a participar en política, algo que rechazaba, más bien repudiaba. Le habían ordenado, utilizándolo, la represión de los que juzgaba enemigos y defender en tanto a sus protegidos. A los que enseguida asumieron el poder y aislaron a Buenos Aires, (ciudad y provincia) para favorecer sus pingües negocios y naturalmente el contrabando, con Inglaterra, Francia y Portugal.

Con él, se hicieron trascendentes diversos valores. El principal, la dignidad de ser, a pesar de los afanes de los enemigos extranjeros de entonces y de los nativos, que por intereses locales y o personales, le difamaron o directamente le suplantaron.

De su vida, extensa para la media de la época, 72 años, sólo pasó nada más que una década en su terruño natal.

Nació el 25 de febrero de 1778, diez años después de la expulsión de los jesuítas, en la villa de Nuestra Señora de los Reyes Magos de Yapeyú*, provincia de Corrientes (fundada por un jesuita, Pedro Romero, el 4 de febrero de 1677), donde su padre, D. Juan de San Martín, capitán del ejército español, era intendente-gobernador.

(*) Era un centro regional, creado para reunir los mercados de hacienda y alimentos que se derivarían a todo el litoral. Su madre, Gregoria Matorras, como su esposo, eran oriundos de la provincia de León. José fue el menor de cinco hermanos, cuatro de ellos varones, todos los cuales fueron militares en los ejércitos realistas. Fue bautizado el 28 del mismo mes, en Yapeyú, por fray Francisco de la Pera, según consta en su partida de nacimiento. (Hallada mucho después, porque la original desapareció en el 1955, cuando el incendio de la Curia metropolitana).

(La hipótesis, ni siquiera una hipótesis, una zalagarda, del Dr. Hugo Chumbita, que atribuye la paternidad del mismo al Dr. Diego de Alvear, también padre de Carlos M. de Alvear, por una relación con una indígena, es evidentemente falsa, porque éste arribó a Yapeyú en 1783, cuando aquellos habían partido en 1781 hacia Buenos Aires y poco después viajaron a España).

Salió desde Yapeyú hacia Buenos Aires en el 1781, donde su padre había comprado dos casas, con los sueldos que le llegaran desde España. Una sobre la calle de San Juan, actual Piedras, entre San Francisco, Moreno, y Santo Domingo, Belgrano, acera este. Donde hacia los fondos vivía un bebe, Juan Gregorio de las Heras, nieto de sus dueños, dos años menor. La otra más pequeña estaba sobre Rosario, actual Venezuela entre San Miguel, Tacuarí y San Cosme y San Damián, Bernardo de Irigoyen.

Embarcó a fines del 1783 en la fragata Santa Balbina, en Montevideo y llegó a Cádiz a comienzos del 1784 e inició los estudios en el Seminario de Nobles de Madrid, donde permaneció hasta los 13 años, cuando ingresó al Regimiento de infantería de línea de Murcia "El leal". Llegó durante el reinado (desde 1758 a 1788) de Carlos III (nacido en 1716 y fallecido en 1788) años del despotismo ilustrado, con sus célebres ministros: El conde de Floridablanca (José Moñino y Redondo) en hacienda, Baltasar Gaspar Melchor María de Jovellanos y Ramírez, filósofo, en justicia, (Pedro Abarca de Bolea) conde de Aranda, que suplió al primero, Francisco de Saavedra, Pedro Rodríguez, conde de Campomanes, Francisco de Cabarrús, embajador en París y Leopoldo de Gregorio, italiano de Messina, marqués de Esquilache.

Su bautismo de fuego fue en 1791 en el sitio de Orán, donde es herido.

En 1796 fallece su padre, en Málaga.

Participó de la lucha contra los moros en Marruecos y después, en la península ibérica, en Cádiz, en 1804. En 1808, Napoleón Bonaparte, invade España y luego de una sibilina negociación, realizada en Bayona, hace abdicar al rey Carlos IV en su hijo Fernando VII, al que hace prisionero y logra así designar a su hermano mayor, José Bonaparte, como rey, con el nombre de José I, seudónimo "Pepe botella". La lucha de la reconquista de España se inicia en 1808 en Cataluña y en Andalucía y se extiende hasta el 1814. ( Cuando él ha retornado a Buenos Aires).

En tanto, se incorpora al regimiento de caballería de Borbón, como teniente coronel y actúa en diversos combates en Portugal y Andalucía. También en las batallas de Arjonilla, La Albuera (a las órdenes de los generales Arthur Wellesley, luego Duque de Wellington, vencedor de Napoleón en Waterloo y de William Car Beresford, jefe de la primera invasión inglesa a Buenos Aires) contra las tropas francesas, al mando del veterano mariscal Soult y en Bailén (Jaén) el 11 de agosto de 1808, donde fue condecorado, que decidió el retiro de las fuerzas francesas de España conducidas por el general Dupont y la caída del nuevo rey, derrotadas por los generales Francisco Javier Castaños y Teodoro Redding. En su estancia en la península ibérica, participó en más de 31 acciones de guerra.

En 1811 pidió la baja del ejército real. Luego de 20 años de servicios activos decidió regresar, con el grado de coronel.

Había vivido la experiencia de participar en la guerra de la independencia de España a las órdenes del general Antonio Ricardos (Carrillo de Albornoz, 1727-1794) y luego de Francisco Javier Castaños, frente al invasor francés. Que significaba un nuevo absolutismo. Era por entonces el oficial hispanoamericano residente en Europa, de mayor graduación y capacitación militar. (Exceptuando obviamente a Francisco de Miranda). Superior a sus compatriotas, Zapiola, Chilavert, Holmberg, Bouchard y Alvear, que apenas habían llegado al grado de alférez.

Por entonces, Simón Bolívar, muy poco menor en edad, que estaba de visita por Europa, recién se iniciaría en conducir "grupúsculos" de milicias voluntarias (menos de 100 hombres) por designación de Miranda, por ser un prominente terrateniente, capaz de armar y vestir sus tropas, tiempo después, en su patria.

Durante esos años conoció también la decadencia de la reyecía española, sus calamidades. La misma que como imperio, ante el mundo, concluía. Supo también, de la influencia subalterna y las ambiciones personales de Manuel Godoy (y Alvarez de Faría, 1767- 1851) favorito y amante de la reina, María Teresa de Parma, quién terminó en el destierro, en Italia, como el rey Carlos IV y murió en los brazos de aquél. La mediocridad de la dirigencia, su corruptela, tanto en los nobles, como en la burguesía, la perversidad de las actitudes de éstos, que hicieron cambiar al rey su poder, por su hijo Fernando VII y viceversa, hasta abdicar ambos en José, el hermano mayor de Napoleón Bonaparte. La fatuidad escandalosa de los mariscales franceses, sobre todo la ostentosa de Joaquín Murat, el jefe de su caballería en Austerlitz, Ulm y Marengo, luego duque de Berg y rey de Nápoles y las dos Sicilias, jefe de los invasores, (según relata en sus Memorias el barón de Marbot, Marcelino, edecán de Napoleón).

Durante ese tiempo, adquirió una enorme experiencia militar y un conocimiento singular, sobre los filósofos franceses mentores de la revolución, que tuvo lugar entre 1789 y los años siguientes hasta el 1794, cuando concluye "el terror" y llega el golpe de estado y el consulado. Lee a Montesquieu, Carlos Luis Secondat conde de; Denis Diderot; Condorcet, Marie Jean Antoine Caritat, marqués de; Juan Jacobo Rousseau; Voltaire (Francois Marie Aruoet); Georges Jacques Dantón; Honoré Gabriel Riqueti, conde de Mirabeau y otros.

Pero la mayor influencia sobre sus decisiones posteriores, la ejerció el general Francisco de Miranda (Sebastián Francisco de Miranda Rodríguez), un patriota venezolano, de origen muy humilde (tanto, que por esto fue muy criticado por la burguesía gobernante realista y también la patriota) el paradigma de los hispanoamericanos, el espejo de todos aquellos por entonces en Europa, "el Precursor", un libertario, un soñador. Mayor que San Martín, 28 años, una generación, había recorrido el viejo mundo guerreando, en los ejércitos españoles hasta graduarse como teniente coronel, luego en los norteamericanos, junto a Lafayette (Mario José, marqués de) y los filadelfos de Franklin, después coronel con los rusos y al fin con los franceses, hasta alcanzar el grado de mariscal de campo del ejército revolucionario. Napoleón, dijo de él: "...este Quijote que no está loco, tiene fuego sagrado en el alma...". Su nombre está grabado en el Arco de Triunfo, que hiciera construir aquél, cuando era emperador. Su monumento en el campo de Valmy, donde triunfaran los ejércitos franceses frente a los austríacos, está frente al del general Kellerman.

Fue admirable, cómo logró salvar su división luego de la derrota de Neewinden en Bélgica, ante los prusianos. Su jefe entonces, el general Doumuriez, se pasó de bando a los austríacos, los había traicionado. No sería ésta la única vez que Miranda viviría esto. Su notable defensa, ante el tribunal revolucionario, lo salvó de la guillotina.

Poseía conocimientos excepcionales. Había viajado mucho por el viejo mundo y oriente. Hablaba fluidamente seis idiomas (inglés-francés-alemán-ruso-italiano y español. Traducía el latín y el griego con facilidad. Tenía muy claros los objetivos sobre hispano-américa, que no debían posponerse demasiado, porque si bien el león hispano, estaba adormilado, podía despertarse*. Además, si las guerras lo habían desangrado económicamente, ya Godoy cedía Santo Domingo y firmaba la paz y se convertía en el Príncipe de la Paz. Luego, hizo lo mismo con la Lousiana, ante los franceses, que éstos terminaron mal vendiendo, a los recién liberados norteamericanos.

*Masón, iniciado probablemente en 1783, en la logia de Filadelfia, junto al marqués de Lafayette. Fue compañero, el primer nivel, en Londres en 1785 y maestro en París en 1797. Fundó en 1798, la logia de la "Gran reunión Americana". No fundamentalmente masónica. Nucleaba a los hispanoamericanos residentes en el viejo mundo, antes y luego en los virreynatos. El juramento de adhesión, coincidía en sus últimas palabras: "...con el repudio a todos los tiranos y las tiranías".

El regreso llevó a Miranda a su patria, pero reveses de la guerra, entre los cuales se inscribe una desafortunada acción de Bolívar, que por inexperiencia militar pierde Puerto Cabello, terminan con la caída de la primer República de Venezuela. El terremoto del 26 de marzo de 1812 completa la crisis social y el descrédito de la revolución. La capitulación de San Mateo, del 25 de julio del 1812, lo lleva a refugiarse en casa de su amigo, Manuel María Casas comandante de La Guaira, para trasladarse el día siguiente a Curacao, protegida por Inglaterra, pero cuando dormía, lo desarma un grupo que integraban Simón Bolívar, Domingo Monteverde, el capitán de fragata, realista a cargo del grupo, Casas y el licenciado Miguel Peña y juntos, lo entregan a los españoles, quiénes lo acusan de traición, para conservar todos aquellos, su vida y grado. Grado que a Bolívar le había conferido Miranda, al hacerlo coronel de milicias. Inicialmente lo trasladan al castillo de San Felipe de Puerto Cabello. El 4 de junio del 1813 a la fortaleza El Morro en Puerto Rico y a fines del 1813 a España. En enero del 14 está encerrado en el Fuerte de las Cuatro Torres en el arsenal de la Carraca, donde muere el 14 de julio de 1816.

San Martín en tanto viaja a Inglaterra y contacta con Lord Mac Duffy, un prominente político escocés y se incorpora a la "Gran Reunión Americana" uana logia que fundara Miranda en 1797. Que reedita al llegar al Plata en la fragata George Canning, con el nombre de Lautaro, (nombre del cacique araucano que venció al conquistador Valdivia, en Tucapel) con objetivos exclusivamente políticos.

** No masónica, como falsa y reiteradamente se escribiera. En la documentación aportada por Patricio Mac Guire, con la nómina de la Revista Masónica Americana, sobre las logias existentes en el mundo, hasta 1872, no se menciona a la Lautaro. Como tampoco en las cartas remitidas por las logias masónicas de Inglaterra, Irlanda y Escocia, que el mismo autor publicara.

En cambio lo fueron en grado máximo de Gran Maestre, Bartolomé Mitre y Domingo Faustino Sarmiento, que coinciden en omitir a San Martín de su nómina. Por otra parte, no existe ninguna prueba documental que autentique su pertinencia. Citan con certeza a Andrés Bello, Francisco de Miranda, Carlos M. de Alvear y otros. Bolívar figura ingresado: "... el 11 de noviembre del 5805, "año de la gran luz", en la Logia Escocesa de San Alejandro de Escocia. Fue ascendido a maestro, en mayo de 1806, cuando regresó a Venezuela.

En el Museo Masónico de Nueva York hay pruebas que recibió el collarín de grado 32. El historiador venezolano Celestino Romero afirma, que llegó al grado 33, el máximo.

La masonería argentina requirió de Augusto Barcia Trelles, un político español, exiliado entonces, Gran Maestre y Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo, grado 33, una investigación, referida a San Martín. Que se extendió en varios volúmenes. Y que concluyó infructuosamente. Luego de indagar en los documentos de Inglaterra, España, Francia y Bélgica. Además de Chile y Argentina. "Todas las gestiones por nosotros realizadas hasta hoy, han sido estériles e ineficaces". No obstante, el director de la biblioteca de la masonería argentina, Antonio Zúñiga, al aludir a la logia Lautaro y la independencia de las Provincias Unidas de suramérica, informaba: "Que San Martín, destruyó por el fuego toda la documentación sobre el caso". Sin exhibir una sola prueba de estos asertos.

Intentando poner luz y verdad a estos conceptos, dijo Sarmiento, Gran Maestre, grado 33 de la masonería argentina: "Cuatrocientos hispanoamericanos, diseminados en la península, en los colegios, en el comercio, en los ejércitos, se entendieron desde temprano, para formar una sociedad, (que debía ser) secreta. Para guardar un hecho tan comprometedor (se estaba en guerra) se revistió de las formas, signos, juramentos y grados, semejantes a las sociedades masónicas, nacidas en Francia, pero no eran parte de la masonería, como se ha creído",... o hecho creer.

Su regreso, a las nacientes Provincias Unidas del río de la Plata, sólo se extiende un lustro (llega junto con 17 americanos que habían pertenecido al ejército español). El Triunvirato gobernante, le reconoció su grado y le comisionó la organización un cuerpo de ejército, los granaderos a caballo*, con los que libra el primer combate contra los realistas en San Lorenzo, favorable a los patriotas, el 3 de febrero de 1813, apenas al norte de Rosario, donde estuvo apunto de perder la vida. Le salvan, un soldado, mulato, correntino, Juan Bautista Cabral, que pierde la suya y un puntano, Baigorria, también Juan Bautista.

** Cabral, era hijo de una esclava Carmen Robledo y de un indio guaraní Francisco Cabral, ambos al servicio de un estanciero, D. Luis Cabral.

* De los granaderos entrenados en el Retiro, por San Martín sólo regresaron siete, luego de las campañas a Chile y al Perú. El coronel José Félix Bogado, paraguayo, el capitán Francisco Olmos, el sargento mayor Paulino Rojas, los sargentos 2°, Patricio Gómez, Dalmacio Rosales y Francisco Bargas y el trompa, Miguel Chepoyá, indio guaraní. Al llegar a Buenos Aires, el 13 de enero de 1826, el presidente Rivadavia los ignoró. No obstante, Bogado los hizo formar frente a la Pirámide de Mayo y el trompa tocó silencio, en homenaje a los caídos en la campaña.

El 12 de septiembre de 1812, contrae matrimonio con María de los Remedios, hija de los Escalada, una niña de 15 años, en la Catedral. El acta se conserva en la basílica de N. S. de la Merced. Bendijo la boda el presbítero Dr. Luis José Chorroarín y el 19, en días de bodas, ambos comulgaron. Sus primeros tiempos (la luna de miel) la pareja los pasó en una quinta en San Isidro, del matrimonio de José Demaría y su esposa María Eugenia, hermana de Remedios. Para después ir a vivir con sus suegros, en Santísima Trinidad y La Merced, actuales San Martín y Tte. general Perón.

Su vinculación con lo religioso, específicamente católico, data de sus años de niño, de sus padres y luego se reitera, con numerosas manifestaciones públicas, , a lo largo de su vida. A cada instante, tanto en los lugares donde estuvo en América, como en los restantes en Europa. Incluso llegó a llevar un rosario en el cuello, que le obsequiara una religiosa, cuando se reponía de sus heridas en Bailén. Lo confirma el coronel Manuel de Olazábal, que herido en Rancagua, lo recibió de su jefe, que se despojaba de él y se lo cedía.

Pocos meses después, el 28 de marzo del 1813, muere su madre.

Luego de participar y realizar algunos cambios* en la reorganización del ejército del norte, en Tucumán, donde el general Manuel Belgrano (más bien, notable abogado, brillante economista y heroico patriota) se batía en retirada, después de las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, le comisiona defender la zona, de la quebrada de Humahuaca, por conocer el terreno, a D. Martín Miguel de Güemes, oriundo de Salta, al que nombra teniente coronel de milicias. Luego, retorna a Córdoba por problemas de salud, con su amigo Tomás Guido. * Quitar del medio a los díscolos, Dorrego sobre todo, que burlaba al jefe continuamente.

La agresividad de los caudillos lugareños constituía un inconveniente en la organización de las regiones, tanto en las Provincias Unidas del río de la Plata, como en las restantes, pertenecientes a los virreinatos de Lima y Nueva Granada, y en las Audiencias cercanas, equivalentes a señores feudales de las más altas burguesías locales, que utilizaban y explotaban a sus sometidos, con idéntico despotismo que aquéllos.

Las poblaciones alejadas de rutas de carretas y zonas de conflicto no participaban del quehacer público. Ignoraban, desconocían el acontecer. Sólo sobrevivían, como las reses y el ganado, en general, víctimas de los salteadores y el robo del malón. No entendían el porqué de la lucha armada por la independencia.

Logra más tarde, ser designado por el Directorio a cargo de D. Gervasio A. de Posadas, (tío de Carlos M. de Alvear) gobernador de Cuyo. Desde allí concibe la mayor epopeya militar, cruzar la cordillera de los Andes, un macizo de piedra de casi 400km. en su parte más ancha, con alturas que duplicaban en ésa zona a los Alpes, (en un frente de ataque) y una extensión norte-sur de 800km. e ir a Chile. Proyecta el "Plan continental", cuyo objetivo principal era atacar a los realistas donde disfrutaban de la mayor tranquilidad. Donde se guarecían, abastecían y recargaban, los barcos que llegaban desde el sur, con armamentos. Para luego llegar al corazón del virreynato, en Lima.

Había estimado, evaluado, que era inútil y estéril la lucha de las Provincias Unidas, por las rutas del Alto Perú, por las enormes dificultades en los abastecimientos, por lo trabado del terreno, por los miserables recursos de la zona, tan lejos de poblaciones, sin posibilidad de reposición de armamentos y alimentos, incluso sin agua, ni baqueanos, que conocieran el terreno, frente a ejércitos y jefes fogueados en las contiendas europeas.

No obstante, nada habría podido proyectar ni hacer, sin un hecho naval importantísimo, acaecido el 17 de mayo del 1814. El combate de Montevideo #, que produjo el fin del dominio realista sobre el Plata y el fin del sitio que el general José Rondeau (el apellido es de origen catalán, no francés) sostenía sin éxito por tierra sobre la plaza, abastecida por agua por la flota del capitán Jacinto Romarate. La reconquista de Montevideo, que cayó en poder de los revolucionarios enseguida, significó concluir con los últimos vestigios realistas en la Banda Oriental. La derrota total de aquél, permitió tener las espaldas cubiertas, protegidas.

# Además del Almirante Guillermo Brown, irlandés, participaron Hipólito Bouchard y Abel Angel Hubac, ambos franceses, Pedro Samuel Spiro de origen griego, que se inmoló haciéndose volar con su nave entre las enemigas, Carlos Robinson, irlandés, Enrique Guillermo Parker, inglés, Bartolomé Ceretti, italiano, Leonardo Rosales y Tomás Espora, criollos. En el mismo año, el 25 de mayo, el general Juan Antonio Alvarez de Arenales # vence a los realistas en la batalla de La Florida, donde recibe 13 heridas de arma blanca, por lo que desde entonces le apodaban "el hachazo".

# Arenales, nacido en Villa de Reinosa, Castilla la vieja, el 13 de junio de 1770, hizo su carrera militar en España, de donde retornó en 1994. El virrey le nombró teniente coronel de milicias. Iniciando sus actividades en la Banda Oriental. Fue el jefe militar del primer movimiento libertario en sudamérica, en Chuquisaca, (hoy Sucre) el 24 de mayo de 1809. Crearon una Junta de gobierno, que rompió con las autoridades españolas. Pese a ser derrotado por el general Goyeneche, por el valor demostrado por sus tropas, se les perdonó la vida. Lo encarcelaron en El Callao, de donde fugó y regresó al río de la Plata. Sirvió en las campañas de las sierras. Al terminar su misión, luego de Guayaquil, San martín lo designó al frente del ejército. Concluyó su vida en la casa del coronel Pizarro, en Moraya, Bolivia en 1831.

El 24 de agosto de 1816, nació su hija Mercedes Tomasa, con quien apenas permaneció cuatro meses. Enseguida, marchó a la guerra y recién la volvería a ver, siete años después, cuando su madre acababa de morir, por tisis, el 3 de agosto de 1823 y San Martín, había decidido exiliarse.

El camino del oeste, a través de la cordillera, era una empresa harto difícil, porque no existían cartas geográficas que lo describieran. Sin embargo, le seducía, por la sorpresa que suponía para los españoles. Para ello imaginó un ejército relativamente pequeño, no mayor de 5mil hombres, para caer sobre el corazón, de los abastecimientos españoles, a cargo por entonces del Capitán general, Francisco Casimiro Marcó del Pont, un fatuo, un "pavo real". Además, tenía información de Buenos Aires que la plaza se había desprendido de 1400 hombres, con destino al centro del poder, en Lima.

Luego de un esfuerzo notable, que involucró a toda la comunidad cuyana, a su amigo Godoy Cruz que intercedió ante toda la población y de ignorar una orden del Directorio que le ordenaba reprimir a los sublevados del litoral, en enero del 1817 sale del cuartel del Plumerillo. El cruce duró aproximadamente 25 días. En el trayecto tuvo 12 muertos y 120 heridos.

Marchó en dos columnas principales y cuatro accesorias. Dos al norte, por el paso de Come Caballos en La Rioja, con 140 hombres al mando de los coroneles Dávila y Zelada, otra por el paso de Guana, en San Juan con 150 hombres al mando del coronel Cabot y dos al sur por los pasos del Planchón, al mando del coronel chileno Ramón Freyre, con 900 hombres y otra por el paso de Potrerillos, a las órdenes del capitán José L. Lemos con 550 hombres. Una columna principal a cargo de Las Heras, con 1500 efectivos por el paso de Uspallata. El jefe en tanto, salió con su división, con 2mil hombres, en total poco más de 5mil hombres de combate, con 1mil de apoyo, con 1600 caballos de batalla, 10mil mulas para carga, 4mil cabezas de ganado en pie, charqui (carne salada y desecada) cerca de 40 toneladas, vituallas, armamentos, ropa, frazadas, ponchos, incluso para cubrir por las noches a los caballos y el ganado, municiones y también agua, por el paso de Las Llaretas. Estimó un avance diario de 25 a 28 km. para cruzar los 400 km. del ancho cordillerano.

Estrategia a la que había arribado, luego de una guerra de espionaje y contraespionaje, que le llevó más de un año de "juegos de guerra"**** con el jefe realista. Basado en la planimetría realizada por el teniente-ingeniero y padrino de su hija, Antonio Alvarez de Condarco, que había hecho el cruce en ambos sentidos, en varias ocasiones. Primero por Uspallata y el regreso por las Llaretas. (El paso de Los Patos, es un paso cordillerano, al interior de Putaendo, pueblo al norte de la ciudad de San Felipe, en la quinta región. Está a 4.500-4.600 metros de altura sobre el nivel del mar y tiene distintas alternativas, los pasos de Llaretas, Ortíz, Honda y Valle Hermoso).

Estanislao Soler que iba al frente, con la columna principal, de 2mil hombres, venció en Achupallas y Las Coimas a los realistas, para llegar a la ciudad de San Felipe. Las Heras, con 1500 hombres, los venció en Picheuta, Guardia Vieja y Potrerillos, para llegar a Santa Rosa.

**** Los nombres de los espías que participaron, y sus seudónimos, fueron: Manuel Nuñez (Feliciano Nuñez), Manuel Rodríguez (el español, chancaca o el alemán chispa, Antonio Marino (el americano), Diego Guzmán Ibañez (Víctor Gutiérrez ), Ramón Ricarte (Vicente Rojas), Juan Pablo Ramírez (Antonio Astete), además de Pedro Vargas y algunos otros que infiltraron el ejército realista.

Los recursos atribuidos a la venta de las joyas de las damas mendocinas***, llegaron a Buenos Aires, por pedido del Director, Coronel Ignacio Alvarez Thomas, para la compra de barcos destinados a enfrentar una invasión realista de más de 20mil hombres y 150 navíos que nunca llegó, porque su avanzada fue asaltada en el Caribe por piratas ingleses y franceses. Naturalmente quedaron en la pequeña gran aldea, para otros fines.

*** Mercedes Alvarez de Segura, María R. de Fernández Blanco, Dominga B. de Balcarce, Margarita Correa Ortíz, Laureana Ferrari de Olazábal, Felipa Sosa, Martina Silva de Gurruchaga, Rosalía Gache de las Heras y Margarita Corvalán.

Desembocó en Chile por el paso citado de Las Llaretas (mal llamado, de los Patos en la llanura de Chacabuco, donde batió a los españoles, el 17 de febrero de 1817. En 48 horas llegó a Santiago y desdeñó el ofrecimiento de su designación al frente del poder que le hacen patriotas chilenos, Juan Martínez Rosas y Bernardo O’Higgins. Propone en cambio a éste para el cargo. Acompañado por su ayudante Juan Tomás O’Brian, nacido en Irlanda, recién ascendido a capitán por su accionar en Chacabuco, regresó a Mendoza a comienzos de marzo y el 30 de mismo estaba a Buenos Aires, donde fue recibido con gran algazara pública.

Estuvo hasta el 19 de abril, con su familia y de inmediato anoticiado que los realistas se reagrupaban en Talcahuano, emprendió el regreso a Chile. En aproximadamente 60 días cruzó tres veces la cordillera. En las "Memorias curiosas" Juan Manuel, el hermano del coronel Antonio Luis Beruti, miembro de su estado mayor así lo refiere.

Cabe destacar en tanto, la guerra de "corso" librada durante el 1815 y el 1816, por el almirante Guillermo Brown y el comodoro Hipólito Bouchard, sobre las naves españolas en el Pacífico.

El 19 de marzo de 1818 se produce el desastre de Cancha Rayada* (*Hubo otra anterior de marzo del 1814 en el mismo escenario que enfrentó a los patriotas chilenos con los realistas. Aquellos conducidos por Manuel Blanco Encalada se retiraron y evitaron la batalla). (Era una extensión de terreno, donde se desplazaban las reses y en su marcha dejaban los surcos, cerca de Talca) donde el general Osorio por sugerencia de su estado mayor, ataca por la noche. San Martín pese a estar alertado por uno de sus espías, logra cumplir a medias el plan convenido con el mayor-ingeniero, José Antonio Arcos de cambiar sus tropas de frente hacia un flanco. Por el reducido espacio para maniobrar, la acción es incompleta, esto al ser atacadas en la noche, genera en algunos cuerpos confusión, desorden y desbande. Se pierde el parque de municiones y 25 cañones. Muy pocos bajas, 120 entre muertos y heridos. Se salvan los cuerpos íntegros de Juan Gregorio de Las Heras y de Rudecindo Alvarado. Pero en Santiago cunde el pánico. Para peor el general O’Higgins es herido en su brazo derecho y toda la ciudad se convierte por unos días en un centro de rumores, contradictorios y falaces, sobre la vida de los patriotas. El caos.

San Martín entretanto, reorganiza el ejército con las divisiones salvadas del desastre, logra así reunir poco más de 4mil efectivos, y regresa a Santiago a poner calma al tumulto y apagar los rumores. Hacia el sur de la capital, en el valle del río Maipo, se enfrenta el 5 de abril de 1818, con las fuerzas realistas, al mando del general Osorio (que había batido a las fuerzas revolucionarias chilenas en Rancagua) y las derrota. 4900 efectivos patriotas, contra 5300 realistas. Estos en su huida se refugian en la hacienda El Espejo, pero la artillería de Manuel Blanco Encalada los bombardea desde los cuatro frentes, hasta su rendición total. Dejan 2mil muertos y 2400 prisioneros. Los patriotas tienen 1mil bajas entre muertos y heridos. Con esta batalla se aseguró la libertad definitiva de Chile.

El 4° cruce, lo hace hacia Mendoza y luego a Buenos Aires, pocos días después, adonde llega el 12 de mayo silenciosamente, evitando los festejos que las autoridades le habían preparado. Con el fin de obtener recursos del Directorio, que estaba a cargo de su amigo Juan Martín de Pueyrredón, nada menos que 500mil pesos fuertes, para proseguir la guerra, con el fin de adquirir y equipar los barcos que le llevarían al centro de poder más importante de los realistas. El domingo 17, lo recibe en triunfo el Congreso de las Provincias Unidas, también reunido en el edificio del Consulado, hasta donde llegó a pie, junto con Pueyrredón. Permanece cuarenta días con su familia. En San Isidro en la quinta del Director, expone sus planes finales. Regresa el 4 de julio del 1818, con su familia, para hacer el 5° cruce, con el fin de afianzar el poder de O’Higgins, que era jaqueado por los opositores. En tanto en el 1819, se informa que varias provincias se habían sublevado al poder central del Directorio, Santa Fe, Entre Ríos y San Luis. Retorna y controla el grupo de San Luis. El 7° cruce, lo hace en penosas circunstancias, por su salud resentida por su gastritis ulcerosa, que lo obliga a hacerlo en litera, sobre mulas, llevadas por baqueanos. El último viaje lo hizo luego de la reunión de Guayaquil, cuando decide su retorno y su partida final hacia Europa. Como se observa, cruzó ocho veces la cordillera.

Pero además, diseña la campaña naval, librada por la armada chileno-argentina, con la conducción de Blanco Encalada, hacia los focos de Talcahuano, último reducto naval de los realistas locales, mientras aguardaban los buques que llegarían con Bouchard desde Buenos Aires, que pusieron al mando del marino escocés Tomás Alexander Cochrane, como almirante de la flota, que llevaría a San Martín al Perú, como jefe supremo de todas las fuerzas. (Durante el viaje, los últimos restos de la flota realista, cercana a la costa peruana en el Callao, fueron sofocados por el almirante). Llevaba 4400 combatientes, 2300 argentinos y 2100 chilenos. La tripulación incluía otros 1600 hombres, que viajaban en 8 navíos de guerra, 11 cañoneras, con 247 cañones y varios transportes. Llevaba además, 30 cañones de montaña, 2 morteros y 2 obuses.

El ejército realista contaba en el primer semestre del 1820, con 7mil hombres en el Alto Perú, 8mil en el Perú y 9mil en las sierras, desde Arica hasta Guayaquil. A las órdenes del virrey de la José Serna e Hinojosa, que había suplido a Joaquín de la Pezuela y de oficiales veteranos.

Por ello, dispuso el desembarco primario al sur, hacia las sierras y el posterior al norte de Lima, en Pisco. El objetivo era dispersar a las fuerzas realistas. Las autoridades virreynales, ante la doble amenaza, huyeron hacia haciendas del interior, donde se hicieron fuertes y dejaron libre Lima. El 28 de julio de 1821, proclamó su libertad.

*San Martín funda en Lima su cuarta biblioteca, la primera fue en Mendoza, con 800 volúmenes propios. Le dice a Godoy Cruz: "Hagamos justicia de nuestra ignorancia y que el orgullo no nos precipite en el abismo"....y dirigiéndose a los chilenos, " yo deseo que todos ustedes se ilustren con los sagrados libros que forman la esencia de los hombres libres"..."sin las luces nada haremos y sólo acabaremos de arruinarnos, nuestra ignorancia nos tiene en este estado", más tarde, la biblioteca nacional de Chile y al final la de Buenos Aires (que originalmente había propiciado Mariano Moreno), a la que envió, sus últimos libros.

También propuso, las campañas en las sierras, donde Arenales* se cubrió de gloria, ganando la batalla del cerro de Pasco el 6 de diciembre de 1820, con la osada ayuda de Lavalle y un reducido grupo de sus granaderos, para motivar y levantar a los lugareños contra el poder realista.

Los patriotas en su avance, libraron diversos combates, de Torre Blanca, por el capitán Federico Brandzen, venciendo al coronel realista Jerónimo Valdez; el de Chancay donde es derrotada una partida de 18 granaderos a las órdenes del teniente Juan Pascual Pringles, cinco de éstos mueren y varios son heridos, Pringles, antes de entregarse se arroja con su caballo al Océano Pácífico. San Martín no obstante la derrota, les condecora "Gloria a los vencidos en Chancay". Arenales que conduce 1250 hombres, actúa en los combates de Palpa, donde el teniente coronel Rufino Guido vence al coronel Quimper; de Nazca, con el teniente coronel Manuel Rojas, sobre el mismo Quimper; el de Acari, del teniente coronel Vicente Suárez, contra Quimper que concluye con su cuerpo; de Mayoc, del general Arenales sobre el brigadier Montenegro, que luego fue perseguido por Lavalle hasta Jauja; de Jauja, donde el mismo, con sólo 55 granaderos, derrota a todo un regimiento realista; de Tarma, donde Rojas es el vencedor y del Cerro de Pasco, de Arenales sobre el general O’Reilly. Todos son ejemplos estratégicos pensados por San Martín. Las críticas de sus adversarios políticos, acerca de la interrupción de estas acciones, que de haber continuado, concluían con el poder realista, olvidan que había cedido sus mejores tropas, su división de elite, a las órdenes del general Andrés Santa Cruz y los generales Toribio Luzuriaga y Tomás Guido, al general Sucre, luego de las sucesivas derrotas de los patriotas locales, en Huachi, ante el mariscal de campo Melchor Aymerich.

Con ellas, éste se repuso y los venció en Pichincha y luego en Junín, aquí sin disparar un sólo tiro. Toda la batalla se hizo a bayoneta, sable y lanza, siendo los héroes de éstas jornadas, Lavalle en la primera y el general Mariano Necochea y sus cazadores (con siete heridas y por instantes preso del enemigo, rescatado por el coronel de granaderos Alejo Bruix) y el coronel Isidoro Suárez con los granaderos, en la segunda y tercera. Y por fin también en Ayacucho, donde nuevamente aquellos se cubrieron de gloria y decidieron la victoria.

Ese cuerpo de ejército no le fue reintegrado y fue motivo de una copiosa correspondencia, dirigida a los gobernadores de las Provincias Unidas del río de la Plata, varios ex-oficiales anteriormente a su mando y también con el general Bernardo O’ Higgins, requiriendo auxilio militar. Omitían decir, que las fuerzas del virrey, eran por entonces más de 20mil hombres, distribuidos en dos y tres frentes, hacia las sierras, al noreste peruano, la mayoría veteranos, con oficiales que habían participado en la guerra de la independencia española. No eran milicianos o indígenas, que huían a los primeros disparos.

La campaña a los puertos intermedios, conducida por el general Rudecindo Alvarado, realizada en dos ocasiones, fue un rotundo fracaso.

San Martín contaba por entonces sólo con 4mil hombres, bisoños y reclutas, los más, porque había dividido sus fuerzas al llegar, para hacer la campaña de las sierras con (el general Juan Antonio Alvarez de) Arenales y había desplazado hacia el norte su división de elite con los granaderos. Su entrevista con Simón Bolívar, se realizó en julio de 1822 en Guayaquil y fue comentada por distintos historiadores, Eduardo Colombres Mármol, Christofersen, José Pacífico Otero, el general Iriarte y otros en términos muy diversos. Además, hubo cartas de ambos actores y sus cercanos colaboradores.

Nos detendremos sólo en los documentos.

En Europa en tanto, en virtud de la Santa Alianza entre los gobiernos de Inglaterra, Austria, Prusia, Rusia y Francia, que había regresado a la monarquía, se consolidaban las monarquías constitucionales y el absolutismo y se neutralizaba cualquier intento de movimientos revolucionarios, liberales, republicanos. El propuesto por Rafael de Riego en España, fue abortado enseguida. Otras formas de gobierno, como las americanas, era juzgada por aquellos, como caos y desorden.

La reunión enfrentó a dos seres muy disímiles. No sólo físicamente. El uno, delgado, alto para la época, (más de 1,75m) de cabello obscuro, espeso, cejas hirsutas, con unas largas patillonas hasta el cuello, que enmarcaban su rostro, prolijamente afeitado, ojos pardos, naríz aguileña, prominente, piel cetrina, vestido con la chaqueta militar de grado, de paño azul marino, con las charreteras del generalato, sin arabescos, ni adornos especiales. Habitualmente no usaba sus medallas. Pantalón claro, liso. Parco, concreto, taciturno, acotado en el decir. Tal cual era y había sido, su accionar cotidiano, educado en la guerra y la lectura.

El otro, apenas menor en edad, menudo, enjuto, pequeño, casi una cabeza más bajo, cabellos también obscuros, muy raleados, peinados hacia delante, con una calva central importante, patillas parecidas, movimientos nerviosos, gesticulaba ampulosamente, agitando sus manos, buscando hacerse notar, de ojos penetrantes, obscuros, "vivísimos, narizón", decía uno de sus biógrafos. Se había formado en la riqueza, en el hedonismo del disfrutarla, en Europa. En el poder que representaba la misma, en el virreynato de Nueva Granada, donde los títulos nobiliarios y la alta burguesía local, se unían por intereses y lazos de sangre. La diferencia abismal estaba en los uniformes. El de éste, atildado, cuidadosamente, estaba ornamentado profusamente, con bordados exquisitos, con alamares y entorchados, al estilo de los príncipes europeos, botones dorados, collarín dorado, (emulaba a Joaquín Murat, el duque de Berg, mariscal del ejército napoleónico) que le daban una jerarquía particular, frente a los presentes y la masa expectante en la calle, que ansiosa les saludaba. También con pantalón del uniforme de gala, con ancha guarda bordada a los lados, desde la cintura al pie. Lucía sobre su pecho, del lado izquierdo, distintas medallas. Había sublimizado, su condición de "libertador". Se mostraba, como un senador romano.

Su exacerbado narcisismo databa de sus años en París, donde llegó a ser famoso su "sombrero a lo Bolívar" al punto de ponerlo de moda. (Sus apologistas no le fueron en zaga, calificaron a su amante sustituta como "gloriosa". Sus campañas con varios calificativos, "admirable" es uno de ellos. Otro, expone los kilómetros recorridos en las mismas, más de 100mil. ¿Varios viajes alrededor de la tierra?).

Lo extraño del uniforme, es que sus servicios militares se iniciaron recién al final del 1811, tan solo hacía once años, cuando el general Francisco de Miranda lo designó coronel de milicias, para dirigir a pequeños grupos de milicianos, cuando antes sólo era un hombre de fortuna, que disfrutaba en Europa. Sin imaginar aquél, que junto a un grupo de secuaces, un día lo entregaría, para salvar el pellejo.

Desde Boyacá, la masa le reconocía, como "el libertador". Es que la misma estaba impulsada y sostenida por los intereses de la alta burguesía, que habían hecho rapiña de los españoles residentes. Sobre todo de sus tierras, sus bienes y los esclavos, que recién dejaron de serlo a mediados del siglo. (En las Provincias Unidas, la Asamblea del año 1813 abolió la esclavitud. San Martín lo hizo en el Perú al hacerse cargo del gobierno).

El anterior, era un militar de carrera, con más de 30 años de actividad, gran experiencia en la guerra, en ejércitos regulares, con importantes jefes, españoles e ingleses en su formación, antes de llegar a América. Vencedor en Chacabuco y Maipú, sin las cuales no habría habido opción final, del dominio realista, que concluyeron con su poder en Chile y con su presencia en Lima, había proclamado la libertad del Perú y aseguró para las Provincias Unidas sus fronteras del oeste y del norte.

El otro, un líder natural, proveniente de la más importante burguesía venezolana, sin conceptos elementales estratégicos militares. Pero fuertemente imbuido del poder político, del cómo acrecentarlo. Incluso había vivido un matrimonio fugaz, con la hija del marqués del Toro, que falleció de fiebre amarilla. Además, como si su apego al poder fuera insuficiente, se había afiliado al grupo escocés de la masonería, con la importancia que su apoyo significaba. Mientras San Martín, no tenía consigo más que su grado militar. Porque su pertinencia a la logia Lautaro, era tan sólo una expresión de anhelos políticos hispanoamericanos, de un grupo de revolucionarios.

Los hechos militares precedentes de ambos, indicaban que mientras el ya llamado "libertador" había sufrido múltiples derrotas, desde la pérdida de Puerto Cabello, dos veces en La Puerta, otra en Araguas, frente al general José Tomás Boves, luego en Cumaná y Carúpano, frente a Morales, que le obligan a huir y refugiarse en las islas del Caribe. Para triunfar después, en el puente de Boyacá (o el pantano de Vargas), el 7 de agosto de 1819, sobre las fuerzas del coronel Barreiro. Con la notable ayuda de la legión Albión, británica, que decidió la batalla. El héroe de la jornada, fue sin embargo, el general Francisco de Paula Santander, jefe de la vanguardia.

El virrey Samanó, de una crueldad espantosa, (colgaba de las rejas de Santo Domingo a sus prisioneros, para lancearlos luego) había huido hacia el interior. Esto produjo la temporal libertad de las provincias granadinas y el nacimiento de su proyecto, la gran Colombia, que unía las Audiencias de Venezuela y de Quito a la de Colombia. Luego fue Carabobo, cerca de la ciudad de Valencia, en Venezuela, el 24 de junio de 1821, contra el mariscal de la Torre. En ambas acciones, lo fortuito y las decisiones de sus auxiliares, decidieron el éxito. Los realistas, salvaron en ésta su división de élite, que se refugió en Puerto Cabello. Indudablemente, su destino no era ser militar, sino político, como fue.

A estos éxitos militares no le siguieron sin embargo, acciones civiles democráticas, sino dictatoriales. La monocracia vitalicia, era su sino. El absolutismo de la burguesía, como luego lo fue, el de las corporaciones. El poder sólo cambiaría de dueño. Ahora, la dependencia sería de Inglaterra. Económica, obviamente.

El 21 de abril de 1822, el enfrentamiento con los realistas fue en Río Bamba, que dirigió el general Antonio José de Sucre, donde el héroe fue Lavalle* (Juan Galo de) que con 96 granaderos, deshizo tres batallones de la caballería realista, que nunca más, pudieron actuar en los restantes enfrentamientos, tanto en Pichincha, como en Junín, o en Ayacucho (desde entonces los granaderos tienen un batallón, con ése nombre). Lavalle, fue llamado "el león de Río Bamba"*.

*Juan Galo de Lavalle, fue el oficial argentino con más enfrentamientos victoriosos frente a los realistas, acompañó en los comienzos al entonces mayor Arcos, en la victoria de Achupallas, en Cangallo, en Jauja, en Nazca, donde con un pelotón de granaderos hizo huir un regimiento con fuerzas diez veces superiores, fue el héroe de Río Bamba, lo mismo en Pichincha, en la batalla del cerro de Pasco y también muy pocos años más tarde, contra el imperio lusitano, en la Banda Oriental, en Yerbal, donde sufrió tantas heridas, que debió ser reemplazado sobre el final, por el coronel Olavarría, en Bacacay, Camacuá y su participación decisiva y determinante en el triunfo en Ituzaingó. A pesar de la ineptitud de Alvear, el general en jefe. Osado, audaz, en ocasiones, hasta temerario, capaz de enfrentar con la mayor calma a enemigos muy superiores, con la certeza y la confianza de vencer. Fue determinante en varias batallas que ganó, con su coraje. San Martín tenía de él como militar un elevado concepto. Sabía que era un león, que debía guardar enjaulado y sólo liberarse ante los enemigos. La patria no puede aceptar el juicio de Esteban Echeverría, al juzgarlo "una espada sin cabeza". Fue muy importante en la lucha por la libertad de nuestro suelo.

Infortunadamente incursionó luego, en la lucha política, entre unitarios y federales. Por influencia de aquellos, suprimió la Legislatura y produjo el lamentado fusilamiento de Dorrego, uno de los tantos asesinatos de una época, tan cruel en la historia de las Provincias Unidas, ni mayor ni peor que otros, anteriores y posteriores. Pero un asesinato al fin, imperdonable, no sólo para sus enemigos políticos circunstanciales. Sino para el devenir histórico, que manchó su nombre, tan importante en la historia de la independencia, por siempre.

Bolívar, en la cena realizada con motivo de su entrevista en Guayaquil con San Martín, quiso jugarle una chanza, burlándose de sus hazañas, en Río Bamba,

en las sierras de Pasco y otras, a la que Lavalle respondió en un tono airado, que sólo bajó con una mirada de su jefe:---... "que sus dudas tendría que dirigirlas para disiparlas, a su espada". Desde entonces, tuvo pésimas relaciones con aquél.

Los restantes enfrentamientos militares los condujo el General Sucre. Infortunadamente asesinado, en 1830, en la sierra de Berruecas.

La recepción tributada a San Martín, por su anfitrión fue excepcional. Lo insólito, no fue la guardia especial en traje de gala que le acompañó a él y su comitiva desde su descenso del Macedonia, el buque que lo transportó, sino la presencia de su amante, Manuelita Sáenz, (una de ellas, muy bonita, vestida elegantemente con uniforme de gala de húsar, francés o prusiano, con chaqueta roja con botones dorados, con sus cabellos obscuros que caían en guedejas, sobre sus charreteras doradas.

La comida, pletórica de exquisiteces, fue seguida de baile, que el anfitrión, como sus oficiales con sus entorchados y alamares, disfrutaron con fruición, haciéndolo con las damas presentes. San Martín y Tomás Guido, sigilosamente dejaron en esos momentos la reunión. Los encuentros, de los jefes, fueron en tres ocasiones, dos protocolares y uno más extenso, de casi cuatro horas, según unos y otros, cuyas conclusiones serán expuestas en la próxima nota.

Prof. Emilio Santabaya.

 

Mantis Diseño Web . © 2007